Ecos que habitan en mi

Hay días en los que siento que mi mente es un laberinto del que no encuentro salida. Está repleta de recuerdos, de momentos que parecen grabados a fuego, de personas que alguna vez fueron parte de mi vida y que hoy ya no están. No porque la vida se haya encargado de separarnos de forma inevitable, sino porque eligieron irse. Y esa elección pesa más que cualquier otra ausencia.

Lo difícil no es solo que se hayan ido, sino que mi mente se encarga de recordarlos constantemente. Una palabra, una canción, un aroma… cualquier detalle es suficiente para abrir de golpe las puertas de mi memoria. Entonces aparecen ellos: con sus gestos, con sus risas, con la calidez de lo que alguna vez compartimos. Y aunque ya no estén, siguen ocupando un lugar dentro de mí.

Pero lo que más me sorprende es cómo ese recuerdo no solo duele en la mente, sino también en el cuerpo. La distancia pasa factura. Hay días en que el pecho me pesa como si llevara una piedra dentro. Otras veces siento un nudo en la garganta imposible de desatar, y un cansancio extraño en los huesos, como si la nostalgia drenara mi energía. La ausencia no es solo un pensamiento: se convierte en un dolor físico, silencioso, que recorre cada parte de mí.

La mente insiste en revivir lo que ya no volverá, y el cuerpo lo traduce en insomnio, en ansiedad, en ese vacío que se siente justo en medio del estómago. Es increíble cómo la falta de alguien puede materializarse en dolores reales. Nadie lo ve, pero yo lo siento cada día: el recuerdo no solo me habita, también me desgasta.

Y, sin embargo, sigo conviviendo con todo esto. A veces pienso que recordar tanto es una forma de castigo, pero en el fondo entiendo que es también una prueba de que viví intensamente. Que me entregué sin medir, que supe querer y dejar huellas en mí. Las personas que decidieron no quedarse se llevaron consigo una parte de mi historia, pero dejaron marcas que no puedo ni quiero borrar.

Aceptar esa realidad no significa olvidar. Significa aprender a caminar con la ausencia, a reconocer que hay dolores que no desaparecen, pero que pueden transformarse. Hoy intento convertir la nostalgia en gratitud por lo vivido, y el dolor físico en fuerza para seguir adelante.

Sé que no será fácil, pero cada recuerdo también me recuerda que soy capaz de sentir, de amar y de reconstruirme. Y aunque esas personas ya no estén, yo sigo aquí, de pie, dispuesto a escribir nuevas memorias, sin borrar las viejas, pero dejando que sean solo eso: ecos que me habitan, no cadenas que me detienen.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Nos quedó grande el “para siempre”

Cuerpo en fuga

Día difícil de habitar