Donde el deseo no llega
Hay una sensación que me cuesta explicar, pero que reconozco apenas aparece: sentir que no soy deseado. No es solo estar solo. Es algo más profundo, más callado. Es estar rodeado de gente y, aun así, sentir que nadie se detiene en mí, que no despierto curiosidad, que no genero nada. Miro alrededor y pienso: nadie me elegiría. No ahora, no después, quizás nunca. No se trata solo del amor romántico, aunque ahí es donde más me duele. Es la idea de que no hay alguien que pueda verme de verdad y quedarse. Que no hay una mirada que cambie cuando aparezco. Que no hay expectativa, ni deseo, ni sorpresa. Solo una especie de indiferencia constante que pesa más que cualquier rechazo. Porque al menos el rechazo implicaría que alguien me vio. Este sentimiento me fue creciendo en silencio. Se alimenta de comparaciones, de ver cómo otros se encuentran, de notar miradas que sí se cruzan —pero nunca son las mías. Y con el tiempo dejó de ser una duda para convertirse en algo que siento casi como un hech...