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Escaparse de mí

Son las 21:30 hace aproximadamente dos horas estoy con taquicardia, pensamientos imtrusivos que no me dejan en paz. Mí cuerpo está en constante estado de alerta, es realmente agotador. No quiero comer porque la dismorfia corporal estos días estuvo haciendo estragos en mí cabeza. Siento tantas ganas de querer escaparme de mí propio cuerpo, porque pareciera estar "poseido" por esa ansiedad que me desborda.  Quiero frenar pero no sé cómo, intento respirar profundo pero siento como el aire no puede ser exalado. Estoy ahogándome y no se cómo rescatarme de esta situación. Necesito silencio porque el bullicio me pone nervioso, quisiera poner en "mute"' a todos, hasta que yo sentirme seguro.  Nadie puede entender ni procesar como me siento, solo yo, y aunque intente ponerlo en palabras no me sale. Me di cuenta que detesto los cambios, así sean para mejor, siento que me cuesta el doble que a los demás poder procesarlos, aceptarlos... Hoy no tengo un lugar seguro, donde p...

Domingo silencioso

La tarde del domingo tiene un silencio particular, como si el mundo entero respirara más lento. Las horas se estiran sin apuro, y la luz entra por la ventana con una melancolía tibia, casi cansada. Es en ese momento cuando la soledad se vuelve más nítida, más presente, como un eco que no se puede ignorar. No es una soledad ruidosa, ni dramática. Es más bien un vacío suave, que se instala en los rincones de la casa y en los pensamientos. El mate se enfría más rápido, la televisión suena de fondo sin que realmente importe lo que diga, y el tiempo parece suspenderse entre lo que fue la semana y lo que vendrá. Los domingos a la tarde tienen esa extraña capacidad de enfrentarnos con nosotros mismos. Sin distracciones urgentes, sin la velocidad de los días laborales, aparece ese espacio donde uno se encuentra con lo que siente. A veces es nostalgia, a veces es cansancio, y otras, simplemente, es una sensación difícil de nombrar, como si faltara algo pero no supiéramos qué. Y sin embargo, en ...

Sueños Inconclusos

Se está yendo el año y yo, y yo... Hice lo que pude. Ayer pensaba que no se si me imaginaba la vida que llevo casi a los 30. Una carrera a medio terminar, una situación sentimental, casi inexistente. Si me preguntas, yo me imaginaba otra cosa, la carrera terminada, con el trabajo y puesto "soñado",  construyendo una familia... Pero bueno, de sueños no se vive, y tengo que "conformarme" con lo que hay. Un trabajo tóxico, una carrera tirada de los pelos y el sueño familiar quedado en eso, un sueño.  El trabajo de mis sueños, ese que soñé de pibito me trajo ansiedad y depresión, creo que eso no venía incluido en el pack de los sueños. Sueño con tener un amor, un amor que no me haga dudar de mi, que sea mi lugar seguro, pero el destino parece estar empeñado en hacerme seguir esperando porque donde busco, siempre es lugar equivocado. Me imaginaba tener un grupo de amigos numeroso para juntarme todos los findes y comer un asado y tomar algo, hoy mis amistades las cuento c...

Cada uno tiene una cruz

Dicen por ahi que Dios no nos da cargas que no podamos soportar pero a veces hasta de eso dudo ya. La "cruz" que hoy intento sobrellevar es la de "vivir con depresión", algo totalmente agotador.  Intento ser un adulto funcional todos los días, pero algunos días pesan más que otros. Se que no soy mi diagnóstico "Trastorno Depresivo Mayor y trastorno dismorfico corporal" para ser más exactos.  Se intenta ser un adulto funcional pero muchas veces por más que quiera, no puedo. No puedo a veces levantarme de la cama, no puedo ni siquiera verme al espejo porque eso me genera odio y rechazo. La depresión afecta cosas muy concretas: la energía, la concentración, las ganas de hacer lo que antes disfrutaba, el ánimo para enfrentar situaciones cotidianas, incluso tareas simples que para otros son automáticas. No es cuestión de voluntad ni de actitud. Hay días en los que simplemente cuesta funcionar, aunque intente dar lo mejor de mí. Lo complicado es que desde afuera...

Fuera de servicio

Hay silencios que pesan más que las palabras, heridas que no sangran pero igual duelen, y esperas que parecen no terminar nunca. Entre todas esas formas de dolor, una de las más difíciles de cargar es la de no ser elegido jamás. Amar, esperar y no encontrar. Confiar en que alguien llegará y descubrir, con el paso del tiempo, que esa llegada nunca se da. El desamor tiene muchas caras. Está el que golpea fuerte cuando alguien se va, cuando lo que parecía futuro se rompe en pedazos. Pero hay otro más cruel, más silencioso: el desamor de la espera infinita. Ese que se instala como una rutina diaria, que te obliga a mirar hacia afuera con la esperanza de ver a alguien acercarse… pero siempre pasa de largo. Esperar se vuelve hábito. Esperar un mensaje, una señal, una mirada distinta. Esperar que alguien, por una vez, te elija de verdad. Pero lo que duele más es la sensación de ser como un bondi fuera de servicio: estás ahí, parado, con tu cartel apagado, mientras la gente pasa y ni siquiera ...

Ecos que habitan en mi

Hay días en los que siento que mi mente es un laberinto del que no encuentro salida. Está repleta de recuerdos, de momentos que parecen grabados a fuego, de personas que alguna vez fueron parte de mi vida y que hoy ya no están. No porque la vida se haya encargado de separarnos de forma inevitable, sino porque eligieron irse. Y esa elección pesa más que cualquier otra ausencia. Lo difícil no es solo que se hayan ido, sino que mi mente se encarga de recordarlos constantemente. Una palabra, una canción, un aroma… cualquier detalle es suficiente para abrir de golpe las puertas de mi memoria. Entonces aparecen ellos: con sus gestos, con sus risas, con la calidez de lo que alguna vez compartimos. Y aunque ya no estén, siguen ocupando un lugar dentro de mí. Pero lo que más me sorprende es cómo ese recuerdo no solo duele en la mente, sino también en el cuerpo. La distancia pasa factura. Hay días en que el pecho me pesa como si llevara una piedra dentro. Otras veces siento un nudo en la garga...

El crimen silencioso de los domingos

Hay días que no se anuncian, que no gritan, que no hacen ruido. Días que llegan con una calma falsa y una luz demasiado tenue para ser sincera. Los domingos, especialmente esos en los que la ciudad parece apagada y el tiempo se arrastra como si dudara en seguir, tienen una extraña habilidad para colarse bajo la piel. No se trata del final de una semana ni del preludio de la rutina. Es algo más profundo. Es como si el corazón se desajustara con el silencio de las calles vacías, con la repetición mecánica de gestos que ya no alcanzan para distraer. Hay algo cruel en el modo en que el domingo te recuerda lo que no fue, lo que se perdió o lo que nunca llegó. Esos días en los que el alma parece estar fuera de sincronía con el cuerpo. En los que cualquier canción suena como despedida, cualquier rincón se vuelve escenario de un recuerdo, y hasta el café tiene gusto a nostalgia. No hace falta una tragedia para sentir el peso de una ausencia; a veces, basta con que se haga domingo. Y ahí, en me...