Entradas

Duele, pero no se si debería

A veces no es que el amor se termina. A veces lo que se termina es la oportunidad. Y eso duele distinto. No es un dolor limpio, de esos que se aceptan con el tiempo. Es más bien un peso constante, una especie de eco que aparece cuando menos lo esperás. Porque en el fondo sabés que no fue la vida, ni el destino, ni la mala suerte. Fuiste vos. Tu momento. Tu inmadurez. Tus miedos. Tu forma de no saber cuidar algo que, en su momento, parecía que iba a estar siempre. Y no estuvo. Lo más difícil no es extrañar a esa persona. Es extrañar lo que eras con esa persona. La versión tuya que existía ahí, en ese vínculo, en esa forma de querer y ser querido. Porque ahora entendés cosas que antes no. Ahora reaccionarías distinto. Ahora dirías lo que antes callabas. Ahora cuidarías lo que antes dabas por hecho. Pero ahora ya es tarde. Porque ese amor siguió. Se reconstruyó lejos tuyo. Encontró otro lugar, otros brazos, otra historia. Y ahí aparece lo más incómodo de todo: no solo lo perdiste, sino qu...

Donde el deseo no llega

Hay una sensación que me cuesta explicar, pero que reconozco apenas aparece: sentir que no soy deseado. No es solo estar solo. Es algo más profundo, más callado. Es estar rodeado de gente y, aun así, sentir que nadie se detiene en mí, que no despierto curiosidad, que no genero nada. Miro alrededor y pienso: nadie me elegiría. No ahora, no después, quizás nunca. No se trata solo del amor romántico, aunque ahí es donde más me duele. Es la idea de que no hay alguien que pueda verme de verdad y quedarse. Que no hay una mirada que cambie cuando aparezco. Que no hay expectativa, ni deseo, ni sorpresa. Solo una especie de indiferencia constante que pesa más que cualquier rechazo. Porque al menos el rechazo implicaría que alguien me vio. Este sentimiento me fue creciendo en silencio. Se alimenta de comparaciones, de ver cómo otros se encuentran, de notar miradas que sí se cruzan —pero nunca son las mías. Y con el tiempo dejó de ser una duda para convertirse en algo que siento casi como un hech...

Escaparse de mí

Son las 21:30 hace aproximadamente dos horas estoy con taquicardia, pensamientos imtrusivos que no me dejan en paz. Mí cuerpo está en constante estado de alerta, es realmente agotador. No quiero comer porque la dismorfia corporal estos días estuvo haciendo estragos en mí cabeza. Siento tantas ganas de querer escaparme de mí propio cuerpo, porque pareciera estar "poseido" por esa ansiedad que me desborda.  Quiero frenar pero no sé cómo, intento respirar profundo pero siento como el aire no puede ser exalado. Estoy ahogándome y no se cómo rescatarme de esta situación. Necesito silencio porque el bullicio me pone nervioso, quisiera poner en "mute"' a todos, hasta que yo sentirme seguro.  Nadie puede entender ni procesar como me siento, solo yo, y aunque intente ponerlo en palabras no me sale. Me di cuenta que detesto los cambios, así sean para mejor, siento que me cuesta el doble que a los demás poder procesarlos, aceptarlos... Hoy no tengo un lugar seguro, donde p...

Domingo silencioso

La tarde del domingo tiene un silencio particular, como si el mundo entero respirara más lento. Las horas se estiran sin apuro, y la luz entra por la ventana con una melancolía tibia, casi cansada. Es en ese momento cuando la soledad se vuelve más nítida, más presente, como un eco que no se puede ignorar. No es una soledad ruidosa, ni dramática. Es más bien un vacío suave, que se instala en los rincones de la casa y en los pensamientos. El mate se enfría más rápido, la televisión suena de fondo sin que realmente importe lo que diga, y el tiempo parece suspenderse entre lo que fue la semana y lo que vendrá. Los domingos a la tarde tienen esa extraña capacidad de enfrentarnos con nosotros mismos. Sin distracciones urgentes, sin la velocidad de los días laborales, aparece ese espacio donde uno se encuentra con lo que siente. A veces es nostalgia, a veces es cansancio, y otras, simplemente, es una sensación difícil de nombrar, como si faltara algo pero no supiéramos qué. Y sin embargo, en ...

Sueños Inconclusos

Se está yendo el año y yo, y yo... Hice lo que pude. Ayer pensaba que no se si me imaginaba la vida que llevo casi a los 30. Una carrera a medio terminar, una situación sentimental, casi inexistente. Si me preguntas, yo me imaginaba otra cosa, la carrera terminada, con el trabajo y puesto "soñado",  construyendo una familia... Pero bueno, de sueños no se vive, y tengo que "conformarme" con lo que hay. Un trabajo tóxico, una carrera tirada de los pelos y el sueño familiar quedado en eso, un sueño.  El trabajo de mis sueños, ese que soñé de pibito me trajo ansiedad y depresión, creo que eso no venía incluido en el pack de los sueños. Sueño con tener un amor, un amor que no me haga dudar de mi, que sea mi lugar seguro, pero el destino parece estar empeñado en hacerme seguir esperando porque donde busco, siempre es lugar equivocado. Me imaginaba tener un grupo de amigos numeroso para juntarme todos los findes y comer un asado y tomar algo, hoy mis amistades las cuento c...

Cada uno tiene una cruz

Dicen por ahi que Dios no nos da cargas que no podamos soportar pero a veces hasta de eso dudo ya. La "cruz" que hoy intento sobrellevar es la de "vivir con depresión", algo totalmente agotador.  Intento ser un adulto funcional todos los días, pero algunos días pesan más que otros. Se que no soy mi diagnóstico "Trastorno Depresivo Mayor y trastorno dismorfico corporal" para ser más exactos.  Se intenta ser un adulto funcional pero muchas veces por más que quiera, no puedo. No puedo a veces levantarme de la cama, no puedo ni siquiera verme al espejo porque eso me genera odio y rechazo. La depresión afecta cosas muy concretas: la energía, la concentración, las ganas de hacer lo que antes disfrutaba, el ánimo para enfrentar situaciones cotidianas, incluso tareas simples que para otros son automáticas. No es cuestión de voluntad ni de actitud. Hay días en los que simplemente cuesta funcionar, aunque intente dar lo mejor de mí. Lo complicado es que desde afuera...

Fuera de servicio

Hay silencios que pesan más que las palabras, heridas que no sangran pero igual duelen, y esperas que parecen no terminar nunca. Entre todas esas formas de dolor, una de las más difíciles de cargar es la de no ser elegido jamás. Amar, esperar y no encontrar. Confiar en que alguien llegará y descubrir, con el paso del tiempo, que esa llegada nunca se da. El desamor tiene muchas caras. Está el que golpea fuerte cuando alguien se va, cuando lo que parecía futuro se rompe en pedazos. Pero hay otro más cruel, más silencioso: el desamor de la espera infinita. Ese que se instala como una rutina diaria, que te obliga a mirar hacia afuera con la esperanza de ver a alguien acercarse… pero siempre pasa de largo. Esperar se vuelve hábito. Esperar un mensaje, una señal, una mirada distinta. Esperar que alguien, por una vez, te elija de verdad. Pero lo que duele más es la sensación de ser como un bondi fuera de servicio: estás ahí, parado, con tu cartel apagado, mientras la gente pasa y ni siquiera ...