El crimen silencioso de los domingos

Hay días que no se anuncian, que no gritan, que no hacen ruido. Días que llegan con una calma falsa y una luz demasiado tenue para ser sincera. Los domingos, especialmente esos en los que la ciudad parece apagada y el tiempo se arrastra como si dudara en seguir, tienen una extraña habilidad para colarse bajo la piel.

No se trata del final de una semana ni del preludio de la rutina. Es algo más profundo. Es como si el corazón se desajustara con el silencio de las calles vacías, con la repetición mecánica de gestos que ya no alcanzan para distraer. Hay algo cruel en el modo en que el domingo te recuerda lo que no fue, lo que se perdió o lo que nunca llegó.

Esos días en los que el alma parece estar fuera de sincronía con el cuerpo. En los que cualquier canción suena como despedida, cualquier rincón se vuelve escenario de un recuerdo, y hasta el café tiene gusto a nostalgia. No hace falta una tragedia para sentir el peso de una ausencia; a veces, basta con que se haga domingo.

Y ahí, en medio de ese clima denso, se entiende que hay crímenes que no dejan huellas visibles. El dominguicidio —ese término inventado para nombrar la melancolía inexplicable de los domingos— no aparece en los diarios, pero lo sufre mucha más gente de la que se imagina.

No se trata de una tristeza puntual, sino de una sensación compartida, sutil, casi poética. Una forma de extrañar algo que quizás nunca existió del todo, o que se esfumó entre las grietas de una tarde eterna.

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