Día difícil de habitar
Se viene mi cumpleaños. Y aunque para muchos eso sea sinónimo de festejo, para mí siempre fue una fecha extraña. Hay algo en cumplir años que me desarma un poco, que me deja expuesto, vulnerable, más conectado con lo que falta que con lo que hay.
No me resulta fácil contar esto. No me gusta sentirme el centro, ni pedir atención, ni dar a entender que necesito algo. Pero lo cierto es que esta época del año me remueve cosas profundas. Me obliga a mirar hacia adentro, y no siempre lo que veo me gusta.
Estoy llegando a los 30 (me respiran bastante cerca). Una edad que, cuando era más chico, imaginaba de otra manera. Pensaba que para este momento iba a tener varias cosas resueltas: una carrera ya terminada, una pareja estable con la que construir un futuro, una casa más propia que prestada, una sensación de rumbo. Pero la realidad es distinta. No digo que esté mal donde estoy, pero tampoco me siento del todo cómodo.
A veces me cuesta no compararme. Veo a otros en redes o en la vida real, y siento que voy tarde. Que no estoy cumpliendo con los tiempos sociales, que me falta llegar a esos lugares que, supuestamente, te hacen sentir “adulto”. Y eso, justo en el día de mi cumpleaños, se vuelve ruido de fondo constante. Como si ese día trajera una lupa que agranda todo lo que no fue.
Y sin embargo… también hay algo en mí que quiere celebrar. Que quiere darle valor a lo que sí construí, aunque no sea tan visible o “posteable”. He aprendido mucho en este camino, incluso desde el caos. Me he sostenido solo cuando todo parecía desarmarse. He sentido el vacío y aun así seguí. Hay un crecimiento silencioso que tal vez nadie ve, pero que yo sí empiezo a reconocer.
Cumplir años, para mí, es estar parado en esa frontera extraña entre el deseo y el miedo. Quiero festejar, claro que sí. Quiero compartir con personas queridas, recibir un abrazo sincero, una charla larga, una risa espontánea. Pero también me asusta. Porque festejar implica asumir que uno quiere ser querido. Y eso, para quienes venimos esquivando el centro de la escena, puede ser difícil de sostener.
Este año, sin grandes promesas, me propongo algo simple: no esconder lo que siento. No actuar como si no importara. No ponerme el disfraz del “todo bien, es un día más”, cuando en realidad hay una parte de mí que espera algo distinto.
Tal vez festeje. Tal vez no. Pero sí voy a intentar regalarme un poco más de ternura. Porque merezco eso. Porque merecemos eso: no ser tan duros con nosotros mismos. Entender que la vida no siempre sigue el guion previsto, y que eso también está bien.
Gracias por leerme. Si alguna vez te sentiste igual, si llegaste a esta edad con más dudas que certezas, te abrazo desde acá. No estás solo. Y todavía hay mucho por construir, aunque el futuro no tenga forma del todo clara.
Comentarios
Publicar un comentario