La lluvia no solo moja, también despierta...
Hay días en los que la lluvia no avisa: simplemente cae, silenciosa, persistente. Y uno, sin proponérselo, empieza a sentir distinto. El mundo baja el volumen y todo parece moverse más lento. Afuera el gris lo tiñe todo, pero adentro —muy adentro— algo se enciende.No sé si es por el ritmo hipnótico de las gotas golpeando el vidrio o por esa melancolía que parece viajar con cada nube, pero la lluvia tiene una manera muy sutil de desenterrar lo que creíamos haber guardado bien. Recuerdos, personas, palabras no dichas… Todo vuelve, como si el tiempo decidiera abrir una ventana a lo que fuimos, o a lo que aún no terminamos de soltar.Y ahí, en ese silencio que la lluvia deja caer entre una gota y otra, aparecen las ausencias. Algunas duelen, otras simplemente pesan. Están las que elegimos dejar ir y las que nos fueron arrancadas. Pero todas nos habitan, y la lluvia, de algún modo, las hace visibles por un rato.Sin embargo, no todo en esta escena es tristeza. Porque con cada recuerdo también llega una certeza: seguimos sintiendo. Y sentir —a pesar del frío, de la distancia, del pasado— es una forma hermosa de estar vivos.Tal vez por eso me gusta tanto mirar llover. Porque en ese instante suspendido, donde el mundo se aquieta, descubro que lo importante no se ha ido del todo. Vive en mí. En lo que recuerdo, en lo que extraño, en lo que espero.Cuando la lluvia se detiene, algo en mí también se calma. Y aunque el cielo siga nublado, me siento un poco más liviano. Como si la lluvia no solo hubiera mojado el suelo, sino también limpiado el alma.
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