Fuera de servicio
Hay silencios que pesan más que las palabras, heridas que no sangran pero igual duelen, y esperas que parecen no terminar nunca. Entre todas esas formas de dolor, una de las más difíciles de cargar es la de no ser elegido jamás. Amar, esperar y no encontrar. Confiar en que alguien llegará y descubrir, con el paso del tiempo, que esa llegada nunca se da.
El desamor tiene muchas caras. Está el que golpea fuerte cuando alguien se va, cuando lo que parecía futuro se rompe en pedazos. Pero hay otro más cruel, más silencioso: el desamor de la espera infinita. Ese que se instala como una rutina diaria, que te obliga a mirar hacia afuera con la esperanza de ver a alguien acercarse… pero siempre pasa de largo.
Esperar se vuelve hábito. Esperar un mensaje, una señal, una mirada distinta. Esperar que alguien, por una vez, te elija de verdad. Pero lo que duele más es la sensación de ser como un bondi fuera de servicio: estás ahí, parado, con tu cartel apagado, mientras la gente pasa y ni siquiera te mira. Todos eligen otras rutas, otros caminos, otros destinos. Vos quedás inmóvil, como si tu viaje nunca fuera a empezar.
Esa imagen refleja lo que siente el corazón cuando nunca es la opción de nadie. Un bondi que podría llevar lejos, con asientos vacíos y recorrido por hacer, pero al que nadie sube. Y mientras tanto, los días pasan como pasajeros que no se detienen.
En medio de esta espera eterna, uno empieza a creer que el problema está en sí mismo. Que tal vez no somos suficientes, que siempre habrá alguien “mejor” que ocupe el lugar que tanto deseamos. Pero la verdad es que el mundo de hoy no ayuda: los vínculos se han vuelto desechables, se elige lo inmediato y fácil, lo que entretiene un rato y luego se descarta. Y quienes buscamos algo real quedamos como ese bondi detenido, esperando pasajeros que nunca llegan.
Lo más cruel de la espera es cómo desgasta. Al principio creemos que es cuestión de tiempo, que el destino tarde o temprano nos pondrá a alguien enfrente. Pero después de tantos intentos fallidos, de tantos silencios y rechazos, la pregunta inevitable aparece: ¿y si nadie llega nunca?
El desamor, entonces, no es solo perder a alguien que amábamos. Es convivir con la invisibilidad. Es sentir que nuestras palabras, nuestros gestos y nuestra entrega se pierden en un vacío, como un recorrido que nunca se enciende en el cartel.
Y sin embargo, aunque el dolor pese, aunque la espera desgaste, siempre queda esa chispa testaruda. Tal vez ingenuidad, tal vez necesidad humana. Esa pequeña esperanza que nos hace pensar que un día alguien va a detenerse frente a nosotros, va a subir y va a quedarse.
Porque lo más difícil no es esperar… lo más difícil es aceptar que quizá nadie llegue nunca. Y aun así seguimos acá, como ese bondi apagado, con la ruta escrita en silencio, con los asientos vacíos y el motor encendido en secreto, soñando con que algún día, alguien finalmente decida elegirnos.
Comentarios
Publicar un comentario