El peso invisible de recordar
Hay personas que viven en el presente con ligereza. Que sueltan, que siguen, que no miran atrás.
Y después estamos los que tenemos una mente con memoria.
No hablo de recordar fechas, números o datos. Hablo de una memoria emocional.
De esa que guarda miradas que ya no se cruzan, canciones que fueron refugio, abrazos que alguna vez sostuvieron el alma. Conversaciones que quedaron flotando, recitales que aún vibran adentro, aunque las luces se hayan apagado hace tiempo.
Tener una mente con memoria es convivir con escenas que nadie más ve.
Es tener un archivo de momentos invisibles que siguen latiendo.
Es como tener fotos que nunca fueron reveladas, pero sabemos que existen, que están ahí. Aunque los demás no las vean, aunque el mundo ya haya pasado de página.
Pero está la otra cara: la de aprender a soltar.
Porque recordar también duele. Porque hay que seguir, aunque la memoria insista.
Ahí vive la dualidad: entre guardar lo vivido y dejarlo ir.
Entre quedarse un rato más en ese lugar seguro del pasado o animarse a soltar el hilo, aun sabiendo que parte de uno se queda en lo que fue.
Ser nostálgico no es quedarse detenido. Es caminar con una parte del alma mirando hacia atrás.
Es sentir que un pedazo de vos sigue cantando en ese recital, sigue esperando esa llamada, sigue abrazando a quien ya no está.
No es fácil. Porque a veces la memoria pesa más que el presente.
Y sin embargo, ahí seguimos. Avanzando, aunque llevemos el corazón lleno de ecos.
Vivir con una mente que recuerda es una forma de amar lo vivido.
De honrarlo. Aunque duela. Aunque no vuelva.
Aunque te desarme un poco cada vez.
Comentarios
Publicar un comentario