Nunca Más
Yo también fui de esos que dijeron “nunca más”.
Nunca más voy a enamorarme.
Nunca más voy a mostrar lo que siento.
Nunca más voy a regalar canciones, ni preparar una sorpresa, ni quedarme despierto hasta tarde esperando que alguien me escriba.
Me cansé, me rompieron, y me convencí de que la mejor manera de no sufrir… era no sentir.
Me repetí tantas veces “solo estoy mejor” que casi me lo creo.
Casi.
Hasta que un día cualquiera, en medio del ruido del mundo, una canción suave me agarró por sorpresa y me hizo cerrar los ojos.
Y ahí estaba yo, imaginando cómo sería dedicarla.
Pensando en cómo sería escucharla con alguien, tirados en la cama, en silencio, sin apuros.
Pensando en lo que dije que ya no quería.
A veces me agarra ese deseo silencioso.
No de cualquier cosa. No de lo superficial.
Me agarra la necesidad de cocinar con alguien.
De preparar algo juntos, entre risas torpes, entre besos que interrumpen la receta.
De abrazarnos mientras la comida se enfría, porque se nos fue el tiempo acariciándonos.
De tener a alguien que se quede a mirar películas viejas conmigo, sin decir nada, pero entendiendo todo.
De compartir domingos que no pesen.
Y sí, me la doy de fuerte.
De cínico.
De que el amor no es para mí.
Pero si supieras cómo me tiembla el alma cuando alguien me mira como si pudiera quedarse…
cómo me brillan los ojos cuando alguien me habla con ternura, sin exigirme nada.
Yo también tengo miedo.
No de estar solo.
De estar con alguien y perderme.
De volver a confiar y que me dejen.
Entonces levanto muros.
Me escondo en frases como “ya no creo en nada” o “estoy mejor así”, aunque adentro tenga un nudo que no se desata con nada.
Pero cuando me acuesto en la cama y apago las luces, no pienso en los “nunca más”.
Pienso en cómo sería volver a intentarlo.
Que alguien me acaricie la espalda sin apuro.
Que me agarre la mano en plena calle, sin vergüenza.
Que me diga que se queda, incluso cuando me cierro un poco.
No necesito promesas.
Ni fuegos artificiales.
Solo alguien con quien compartir el silencio sin sentirme solo.
Alguien con quien pueda ser yo, con mis miedos, mis heridas, mis ganas de querer.
Porque mis “nunca más” no son un escudo de verdad.
Son apenas un grito disfrazado.
Un “por favor, que esta vez no duela” camuflado en una frase firme.
Y si llega alguien que no me exija bajar la guardia, sino que me espere del otro lado…
capaz me animo.
Capaz me quedo.
Capaz hasta le dedico esa canción que tanto me cuesta escuchar.
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