Donde nadie se queda
Siempre fui el suspiro antes del beso, la ilusión pasajera, el refugio momentáneo. Fui la sonrisa que alguien necesitó para sanar, el hombro donde se lloró la ausencia de otro, la calma antes de regresar al caos. En cada historia fui un puente, un tramo del camino… pero nunca la última estación.
Me he convertido en el confidente, en el que escucha, en el que acompaña. Me han dicho "ojalá pudiera amarte como mereces", y me han sonreído con ternura antes de dar media vuelta y correr hacia otro corazón. Me han querido, sí, pero nunca para quedarse. Me han admirado, pero nunca han apostado por mí. He sido ese tipo de persona que se recuerda con cariño, pero no con compromiso. A veces me pregunto si estoy destinado a ser eternamente un capítulo, pero nunca el final feliz.
Y entonces, me hago la pregunta que me sigue como sombra:
¿Cuándo será mi turno?
¿Cuándo seré yo el elegido? ¿Cuándo alguien se quedará sin dudas, sin excusas, sin miedos?
Pero esa pregunta, con el tiempo, ha dejado de sonar como esperanza y ha empezado a doler como condena. Porque la verdad que me atormenta en silencio es que quizás nunca lo sea.
Quizás mi nombre no esté escrito en ninguna historia de amor.
Quizás el destino no me tiene reservado a nadie.
Quizás el problema soy yo.
He intentado ser mejor, cambiar, entregarme, ser paciente. Pero cada intento termina igual: con alguien más siendo amado, y yo, recogiendo los pedazos de un "casi" que no llegó a ser. Entonces miro al espejo y me pregunto qué tengo de menos, qué me falta, qué hice mal… y no encuentro respuesta. Solo esa sensación insoportable de no ser suficiente para nadie.
Y cuando el silencio se alarga, cuando las respuestas no llegan, lo único que parece quedar es la soledad. Esa soledad cruda, no la elegida, sino la impuesta. La que se instala sin pedir permiso, la que susurra que tal vez mi destino no es compartir la vida con nadie, sino simplemente acompañar a otros hasta que encuentren a quien sí merecen.
Hay días en los que me imagino cómo sería… compartir domingos de café y películas, tardes de meriendas sin prisa, siestas enredados en el abrazo de la tranquilidad. Tener un espacio donde el amor no sea fuego ni tormenta, sino hogar. Donde los silencios no incomoden, sino abracen. Donde el cariño no tenga que ganarse, solo sentirse.
Y más allá de los momentos simples, también anhelo algo aún más profundo: sentir que puedo ser el amor de alguien para toda la vida. No solo un suspiro, no solo un consuelo, sino una certeza. Que alguien me mire y diga: “es con vos con quien quiero envejecer”, y se quede. Se quede para ver cómo pasan los años, para enfrentar los días grises y celebrar los luminosos. Para no rendirse cuando el amor deje de ser novedad y empiece a ser decisión.
Es cruel pensarlo, pero hay noches en que lo creo con todo el corazón: que mi lugar es el de quien observa, no el de quien vive el amor. Que la única constante en mi historia es no ser elegido. Y que quizás la soledad no es una etapa… sino el desenlace.
Aun así, con el corazón cansado y los sueños desgastados, sigo respirando. No porque espere algo, sino porque todavía no sé cómo rendirme del todo. Tal vez algún día, alguien vea en mí lo que otros no supieron mirar. O tal vez no. Tal vez el amor que he dado fue solo para los demás, no para mí.
Y si ese es el caso, si de verdad esta soledad es mi única compañera, al menos que quede claro: amé con todo lo que tenía. Fui sincero, fui entrega, fui ternura. Y aunque nunca fui destino, fui parte de muchos caminos.
Pero me gustaría, solo una vez, dejar de ser el lugar de paso.
Y ser, por fin, el hogar donde alguien quiera quedarse.
No por un tiempo. No por necesidad.
Sino por amor.
Por toda la vida.
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