Sillas Vacías
Hay una tristeza que no se nota a simple vista. No grita, no rompe cosas, no llora frente a otros. Pero está. Es esa que se instala cuando te das cuenta de que no sos el elegido de nadie. No el amigo al que primero llaman. No el familiar al que buscan por apoyo o cariño. No la persona que alguien elige como su lugar seguro.
Estás… pero como sombra. Como opción de último momento. Como quien puede estar o no, y nada cambia.
Y eso duele.
Duele con una mezcla extraña de ansiedad, soledad y una tristeza sorda que no encuentra forma de salir. Duele en el pecho, pero también en lo que uno es. Duele saberse presente, pero nunca necesario. Cercano, pero nunca esencial.
En los grupos, hablás… pero no sos escuchado. En la familia, existís… pero no sos visto. Todo eso va creando una distancia invisible con el mundo, y una barrera interna cada vez más difícil de cruzar.
Uno se empieza a preguntar si realmente encaja en algún lado, si hay un lugar donde pueda ser sin tener que luchar por espacio o reconocimiento. Pero ese lugar no aparece. Y el alma… se cansa.
No tener un refugio es duro. Pero más duro aún es sentir que para nadie sos prioridad. Que nadie te elige, ni siquiera cuando tienen la chance de hacerlo.
Y ahí, en ese hueco profundo, vive el verdadero dolor: el de sentirse prescindible.
"Estar rodeado no siempre significa estar. acompañado. A veces, las sillas llenas, te hacen sentir más solo que las vacías."
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