Cuerpo en fuga
Hay días en los que simplemente existir se vuelve una carga. Mirarme al espejo es una de las cosas más difíciles que enfrento. No porque no quiera verme, sino porque me detesto en ese reflejo. No me reconozco. Lo que veo no soy yo, o al menos no lo que quisiera ser. Vivo atrapado en un cuerpo que siento como enemigo, como si habitara una prisión con mi nombre, pero sin pertenencia.
Convivir con dismorfia corporal es un desgaste constante. El temor a engordar me persigue todos los días. Comer, algo tan cotidiano, se transforma en una fuente de culpa y ansiedad. Calculo, mido, me reprimo. Pienso en cada bocado como si tuviera el poder de arruinarme. Y aunque el hambre aparece, el miedo pesa más.
La ropa no es abrigo ni identidad para mí. Es otro campo de batalla. Todo me queda mal, todo me molesta. La sensación de que me aprieta, de que marca lo que quiero esconder. He llegado a estirarla con desesperación solo para no sentirla pegada a mi piel, porque me recuerda todo lo que odio de mí.
A veces me pasa con las fotos. Quiero tenerlas, deseo capturar un momento, formar parte, sentir que estoy ahí, como los demás. Pero cuando las veo, algo se rompe. No me gusto. No soporto cómo salgo, cómo me veo. No importa la sonrisa, el lugar o la compañía: todo queda opacado por el rechazo hacia mi imagen. En vez de guardar el recuerdo, intento borrarlo. Como si eliminando la foto pudiera eliminar también la incomodidad, el rechazo, la vergüenza. Es una lucha absurda y dolorosa, porque quiero estar, quiero pertenecer, pero no me permito aparecer.
Lo más difícil es sentir que este dolor no encaja en ningún lado. Soy hombre, y a veces eso me hace sentir más raro todavía. Como si no tuviera derecho a sentir esto. Como si lo mío no fuera válido porque “esto le pasa a las mujeres”. Pero el dolor no tiene género, y la vergüenza, tampoco.
Y sí, quiero ser más delgado. No solo para mí, sino porque pienso —aunque me duela admitirlo— que si lo fuera, tal vez sería más aceptado. Tal vez gustaría. Tal vez mi cara, si fuera más fina, más “correcta”, podría atraer a alguien. Y esa idea me carcome, me aplasta. Porque nunca es suficiente. Porque no hay fin. Es un círculo vicioso que me quema desde dentro, que me dice que no valgo si no encajo, si no me ajusto a un estándar inalcanzable.
Lo que los demás dicen con ligereza, en chistes o comentarios “inocentes”, en mí se clava como un puñal. No lo olvidás. Te lo repetís en la cabeza como una condena, hasta hacerlo verdad. Y después, ¿cómo se vuelve de eso?
❤️🩹
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