Domingo silencioso

La tarde del domingo tiene un silencio particular, como si el mundo entero respirara más lento. Las horas se estiran sin apuro, y la luz entra por la ventana con una melancolía tibia, casi cansada. Es en ese momento cuando la soledad se vuelve más nítida, más presente, como un eco que no se puede ignorar.

No es una soledad ruidosa, ni dramática. Es más bien un vacío suave, que se instala en los rincones de la casa y en los pensamientos. El mate se enfría más rápido, la televisión suena de fondo sin que realmente importe lo que diga, y el tiempo parece suspenderse entre lo que fue la semana y lo que vendrá.

Los domingos a la tarde tienen esa extraña capacidad de enfrentarnos con nosotros mismos. Sin distracciones urgentes, sin la velocidad de los días laborales, aparece ese espacio donde uno se encuentra con lo que siente. A veces es nostalgia, a veces es cansancio, y otras, simplemente, es una sensación difícil de nombrar, como si faltara algo pero no supiéramos qué.

Y sin embargo, en esa quietud también hay algo honesto. Porque en medio de ese vacío, también existe la posibilidad de escucharse, de reconocer lo que duele y lo que se desea. Tal vez la soledad del domingo no sea solo ausencia, sino también un espejo: uno que devuelve, sin filtros, la imagen más real de lo que somos cuando todo lo demás se detiene.

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