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Mostrando las entradas de 2025

Sueños Inconclusos

Se está yendo el año y yo, y yo... Hice lo que pude. Ayer pensaba que no se si me imaginaba la vida que llevo casi a los 30. Una carrera a medio terminar, una situación sentimental, casi inexistente. Si me preguntas, yo me imaginaba otra cosa, la carrera terminada, con el trabajo y puesto "soñado",  construyendo una familia... Pero bueno, de sueños no se vive, y tengo que "conformarme" con lo que hay. Un trabajo tóxico, una carrera tirada de los pelos y el sueño familiar quedado en eso, un sueño.  El trabajo de mis sueños, ese que soñé de pibito me trajo ansiedad y depresión, creo que eso no venía incluido en el pack de los sueños. Sueño con tener un amor, un amor que no me haga dudar de mi, que sea mi lugar seguro, pero el destino parece estar empeñado en hacerme seguir esperando porque donde busco, siempre es lugar equivocado. Me imaginaba tener un grupo de amigos numeroso para juntarme todos los findes y comer un asado y tomar algo, hoy mis amistades las cuento c...

Cada uno tiene una cruz

Dicen por ahi que Dios no nos da cargas que no podamos soportar pero a veces hasta de eso dudo ya. La "cruz" que hoy intento sobrellevar es la de "vivir con depresión", algo totalmente agotador.  Intento ser un adulto funcional todos los días, pero algunos días pesan más que otros. Se que no soy mi diagnóstico "Trastorno Depresivo Mayor y trastorno dismorfico corporal" para ser más exactos.  Se intenta ser un adulto funcional pero muchas veces por más que quiera, no puedo. No puedo a veces levantarme de la cama, no puedo ni siquiera verme al espejo porque eso me genera odio y rechazo. La depresión afecta cosas muy concretas: la energía, la concentración, las ganas de hacer lo que antes disfrutaba, el ánimo para enfrentar situaciones cotidianas, incluso tareas simples que para otros son automáticas. No es cuestión de voluntad ni de actitud. Hay días en los que simplemente cuesta funcionar, aunque intente dar lo mejor de mí. Lo complicado es que desde afuera...

Fuera de servicio

Hay silencios que pesan más que las palabras, heridas que no sangran pero igual duelen, y esperas que parecen no terminar nunca. Entre todas esas formas de dolor, una de las más difíciles de cargar es la de no ser elegido jamás. Amar, esperar y no encontrar. Confiar en que alguien llegará y descubrir, con el paso del tiempo, que esa llegada nunca se da. El desamor tiene muchas caras. Está el que golpea fuerte cuando alguien se va, cuando lo que parecía futuro se rompe en pedazos. Pero hay otro más cruel, más silencioso: el desamor de la espera infinita. Ese que se instala como una rutina diaria, que te obliga a mirar hacia afuera con la esperanza de ver a alguien acercarse… pero siempre pasa de largo. Esperar se vuelve hábito. Esperar un mensaje, una señal, una mirada distinta. Esperar que alguien, por una vez, te elija de verdad. Pero lo que duele más es la sensación de ser como un bondi fuera de servicio: estás ahí, parado, con tu cartel apagado, mientras la gente pasa y ni siquiera ...

Ecos que habitan en mi

Hay días en los que siento que mi mente es un laberinto del que no encuentro salida. Está repleta de recuerdos, de momentos que parecen grabados a fuego, de personas que alguna vez fueron parte de mi vida y que hoy ya no están. No porque la vida se haya encargado de separarnos de forma inevitable, sino porque eligieron irse. Y esa elección pesa más que cualquier otra ausencia. Lo difícil no es solo que se hayan ido, sino que mi mente se encarga de recordarlos constantemente. Una palabra, una canción, un aroma… cualquier detalle es suficiente para abrir de golpe las puertas de mi memoria. Entonces aparecen ellos: con sus gestos, con sus risas, con la calidez de lo que alguna vez compartimos. Y aunque ya no estén, siguen ocupando un lugar dentro de mí. Pero lo que más me sorprende es cómo ese recuerdo no solo duele en la mente, sino también en el cuerpo. La distancia pasa factura. Hay días en que el pecho me pesa como si llevara una piedra dentro. Otras veces siento un nudo en la garga...

El crimen silencioso de los domingos

Hay días que no se anuncian, que no gritan, que no hacen ruido. Días que llegan con una calma falsa y una luz demasiado tenue para ser sincera. Los domingos, especialmente esos en los que la ciudad parece apagada y el tiempo se arrastra como si dudara en seguir, tienen una extraña habilidad para colarse bajo la piel. No se trata del final de una semana ni del preludio de la rutina. Es algo más profundo. Es como si el corazón se desajustara con el silencio de las calles vacías, con la repetición mecánica de gestos que ya no alcanzan para distraer. Hay algo cruel en el modo en que el domingo te recuerda lo que no fue, lo que se perdió o lo que nunca llegó. Esos días en los que el alma parece estar fuera de sincronía con el cuerpo. En los que cualquier canción suena como despedida, cualquier rincón se vuelve escenario de un recuerdo, y hasta el café tiene gusto a nostalgia. No hace falta una tragedia para sentir el peso de una ausencia; a veces, basta con que se haga domingo. Y ahí, en me...

Tránsito Emocional

Hay un tipo de soledad que no se siente cuando estás solo, sino cuando estás rodeado de gente que no se queda. Me dijeron muchas veces que tengo "todo para que alguien me elija". Que soy la calma, la comprensión, el tipo de amor que da sin medida. Y sin embargo, sigo viendo pasar trenes que no frenan. Sigo escuchando promesas que se deshacen antes de volverse hechos. Sigo sintiendo que soy pausa en historias que nunca me escriben como final. Y eso cansa. Cansa ser la señal de tránsito en la vida emocional de los demás. El "gracias por todo" antes del silencio. El “ojalá te amen como merecés” dicho por quien no lo va a hacer. El puente que todos cruzan, pero nadie mira. La estación donde esperan, pero de la que siempre parten. Uno empieza a preguntarse si de verdad es tan querible como dicen. Porque el discurso nunca falta. Te pintan como el ideal, te elogian el alma, la forma en que escuchás, contenés, te entregás. Pero cuando hay que quedarse, nadie lo hace. Y es a...

El peso invisible de recordar

Hay personas que viven en el presente con ligereza. Que sueltan, que siguen, que no miran atrás. Y después estamos los que tenemos una mente con memoria. No hablo de recordar fechas, números o datos. Hablo de una memoria emocional. De esa que guarda miradas que ya no se cruzan, canciones que fueron refugio, abrazos que alguna vez sostuvieron el alma. Conversaciones que quedaron flotando, recitales que aún vibran adentro, aunque las luces se hayan apagado hace tiempo. Tener una mente con memoria es convivir con escenas que nadie más ve. Es tener un archivo de momentos invisibles que siguen latiendo. Es como tener fotos que nunca fueron reveladas, pero sabemos que existen, que están ahí. Aunque los demás no las vean, aunque el mundo ya haya pasado de página. Pero está la otra cara: la de aprender a soltar. Porque recordar también duele. Porque hay que seguir, aunque la memoria insista. Ahí vive la dualidad: entre guardar lo vivido y dejarlo ir. Entre quedarse un rato más en ese lugar seg...

Crónica de un casi

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Hay algo raro en mi historia con el amor y los vínculos. No sé si es un karma cósmico, una maldición heredada, o simplemente que tengo imán para lo tibio . Pero, por alguna razón, siempre me encuentro en relaciones a medio hornear , con personas que me quieren "más o menos", que están pero no tanto, que dicen pero no hacen, o que hacen pero no lo suficiente. Soy esa persona a la que siempre le falta una cucharadita de azúcar para el café perfecto . O cinco centavos para el peso, si querés ponerte más criollo. Y sí, eso también aplica al amor . Estoy acostumbrado a los casi: – Casi salimos. – Casi nos animamos. – Casi fuimos algo. – Casi me dijiste lo que sentías antes de que me cansara de adivinar. Y no te voy a mentir, hay algo trágicamente romántico en eso. Como si estuviera viviendo una eterna canción de Fito mezclada con un sketch de comedia absurda. Me río para no llorar… o me río mientras lloro, que es más realista. Porque claro, yo me ilusiono fác...

Nunca Más

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Yo también fui de esos que dijeron “nunca más”. Nunca más voy a enamorarme. Nunca más voy a mostrar lo que siento. Nunca más voy a regalar canciones, ni preparar una sorpresa, ni quedarme despierto hasta tarde esperando que alguien me escriba. Me cansé, me rompieron, y me convencí de que la mejor manera de no sufrir… era no sentir. Me repetí tantas veces “solo estoy mejor” que casi me lo creo. Casi. Hasta que un día cualquiera, en medio del ruido del mundo, una canción suave me agarró por sorpresa y me hizo cerrar los ojos. Y ahí estaba yo, imaginando cómo sería dedicarla. Pensando en cómo sería escucharla con alguien, tirados en la cama, en silencio, sin apuros. Pensando en lo que dije que ya no quería. A veces me agarra ese deseo silencioso. No de cualquier cosa. No de lo superficial. Me agarra la necesidad de cocinar con alguien. De preparar algo juntos, entre risas torpes, entre besos que interrumpen la receta. De abrazarnos mientras la comida se enfría, porque se nos f...

Día difícil de habitar

Se viene mi cumpleaños. Y aunque para muchos eso sea sinónimo de festejo, para mí siempre fue una fecha extraña. Hay algo en cumplir años que me desarma un poco, que me deja expuesto, vulnerable, más conectado con lo que falta que con lo que hay. No me resulta fácil contar esto. No me gusta sentirme el centro, ni pedir atención, ni dar a entender que necesito algo. Pero lo cierto es que esta época del año me remueve cosas profundas. Me obliga a mirar hacia adentro, y no siempre lo que veo me gusta. Estoy llegando a los 30 (me respiran bastante cerca). Una edad que, cuando era más chico, imaginaba de otra manera. Pensaba que para este momento iba a tener varias cosas resueltas: una carrera ya terminada, una pareja estable con la que construir un futuro, una casa más propia que prestada, una sensación de rumbo. Pero la realidad es distinta. No digo que esté mal donde estoy, pero tampoco me siento del todo cómodo. A veces me cuesta no compararme. Veo a otros en redes o en la vida real, y ...

Cuerpo en fuga

 Hay días en los que simplemente existir se vuelve una carga. Mirarme al espejo es una de las cosas más difíciles que enfrento. No porque no quiera verme, sino porque me detesto en ese reflejo. No me reconozco. Lo que veo no soy yo, o al menos no lo que quisiera ser. Vivo atrapado en un cuerpo que siento como enemigo, como si habitara una prisión con mi nombre, pero sin pertenencia. Convivir con dismorfia corporal es un desgaste constante. El temor a engordar me persigue todos los días. Comer, algo tan cotidiano, se transforma en una fuente de culpa y ansiedad. Calculo, mido, me reprimo. Pienso en cada bocado como si tuviera el poder de arruinarme. Y aunque el hambre aparece, el miedo pesa más. La ropa no es abrigo ni identidad para mí. Es otro campo de batalla. Todo me queda mal, todo me molesta. La sensación de que me aprieta, de que marca lo que quiero esconder. He llegado a estirarla con desesperación solo para no sentirla pegada a mi piel, porque me recuerda todo lo que odio d...

Sillas Vacías

Hay una tristeza que no se nota a simple vista. No grita, no rompe cosas, no llora frente a otros. Pero está. Es esa que se instala cuando te das cuenta de que no sos el elegido de nadie. No el amigo al que primero llaman. No el familiar al que buscan por apoyo o cariño. No la persona que alguien elige como su lugar seguro. Estás… pero como sombra. Como opción de último momento. Como quien puede estar o no, y nada cambia. Y eso duele. Duele con una mezcla extraña de ansiedad, soledad y una tristeza sorda que no encuentra forma de salir. Duele en el pecho, pero también en lo que uno es. Duele saberse presente, pero nunca necesario. Cercano, pero nunca esencial. En los grupos, hablás… pero no sos escuchado. En la familia, existís… pero no sos visto. Todo eso va creando una distancia invisible con el mundo, y una barrera interna cada vez más difícil de cruzar. Uno se empieza a preguntar si realmente encaja en algún lado, si hay un lugar donde pueda ser sin tener que luchar por espacio o r...

Vínculos de humo

Ya no entiendo las relaciones. No sé si es esta época, esta forma de vincularnos, o simplemente una confusión generalizada que todos llevamos adentro. Pero cada vez es más difícil encontrar algo que no se evapore al poco tiempo. Hoy estás con alguien, compartís momentos, risas, mensajes que parecen genuinos… Y mañana esa misma persona ya está en otro lado, con otra historia, otra conexión. Como si lo vivido no hubiese sido real. Como si todos fuéramos fácilmente intercambiables. No hay construcción. No hay pausa. Todo es rápido, inmediato, descartable. No se habla de lo que duele, no se cuida lo que nace, no se apuesta a lo que podría crecer. Se huye ante el primer síntoma de profundidad. Y en medio de todo esto, inevitablemente surge la pregunta: ¿ Seré yo el que está esperando algo que ya no existe? ¿Estoy desfasado en un mundo donde mostrar interés es "intenso"? ¿Donde el compromiso asusta y la conexión genuina se reemplaza por la comodidad temporal? Trato de entender esta...

Amar sin romperme

Quiero amar. Pero esta vez, de verdad. Sin miedos camuflados de orgullo. Sin huir en silencio cada vez que algo se vuelve demasiado real. Sin cargar con las heridas viejas como si fueran excusas. Estoy cansado de los casi, de lo que pudo ser, de los amores a medias que solo enseñan a sobrevivir, pero no a vivir. Quiero un amor que no se esconda, que no se disfrace de indiferencia para no parecer débil. Quiero dejar de jugar a ser fuerte cuando en realidad solo estoy cansado de no encontrar un lugar donde descansar el alma. Deseo un amor que me haga sentir en paz, no en guerra. Que no me haga dudar de mí, que no me haga sentir que tengo que competir por un lugar en la vida del otro. Un amor que no se mida por cuánto duele, sino por cuánto acompaña. Que no me exija romperme para encajar, sino que me abrace entero, con mis luces y mis sombras. Porque tengo tanto para dar. Tengo palabras guardadas que aún no han sido escuchadas, abrazos que no encontraron cuerpo donde quedarse, y sueños qu...

La lluvia no solo moja, también despierta...

Hay días en los que la lluvia no avisa: simplemente cae, silenciosa, persistente. Y uno, sin proponérselo, empieza a sentir distinto. El mundo baja el volumen y todo parece moverse más lento. Afuera el gris lo tiñe todo, pero adentro —muy adentro— algo se enciende.No sé si es por el ritmo hipnótico de las gotas golpeando el vidrio o por esa melancolía que parece viajar con cada nube, pero la lluvia tiene una manera muy sutil de desenterrar lo que creíamos haber guardado bien. Recuerdos, personas, palabras no dichas… Todo vuelve, como si el tiempo decidiera abrir una ventana a lo que fuimos, o a lo que aún no terminamos de soltar.Y ahí, en ese silencio que la lluvia deja caer entre una gota y otra, aparecen las ausencias. Algunas duelen, otras simplemente pesan. Están las que elegimos dejar ir y las que nos fueron arrancadas. Pero todas nos habitan, y la lluvia, de algún modo, las hace visibles por un rato.Sin embargo, no todo en esta escena es tristeza. Porque con cada recuerdo también...

Nos quedó grande el “para siempre”

Hay vínculos que llegan sin previo aviso y, de a poco, se vuelven esenciales. Personas que sentimos como refugio, como hogar, como certeza. Creemos que esas conexiones están por encima del tiempo, de los cambios, de cualquier distancia. Que nada ni nadie puede desarmarlas.Nos ilusionamos con esa idea de eternidad. Porque cuando una amistad se siente tan sincera, tan cercana, uno no se imagina que un día pueda desaparecer. Pero a veces pasa. Y no siempre hay un motivo. No siempre hay una discusión o una traición. A veces simplemente se enfría, se pierde, se deja de sostener.El silencio empieza a ocupar espacios donde antes habitaban las palabras. Las respuestas tardan más, o ya no llegan. Y lo que antes fluía con naturalidad, se vuelve esfuerzo. Mirás para atrás y no hay una señal clara. Solo una sensación incómoda: ya no está. Esa persona, esa conexión, ese “nosotros” que parecía inquebrantable… ya no está.Y duele. Pero no con el dolor escandaloso de una ruptura, sino con esa tristeza ...

Donde nadie se queda

Siempre fui el suspiro antes del beso, la ilusión pasajera, el refugio momentáneo. Fui la sonrisa que alguien necesitó para sanar, el hombro donde se lloró la ausencia de otro, la calma antes de regresar al caos. En cada historia fui un puente, un tramo del camino… pero nunca la última estación. Me he convertido en el confidente, en el que escucha, en el que acompaña. Me han dicho "ojalá pudiera amarte como mereces", y me han sonreído con ternura antes de dar media vuelta y correr hacia otro corazón. Me han querido, sí, pero nunca para quedarse. Me han admirado, pero nunca han apostado por mí. He sido ese tipo de persona que se recuerda con cariño, pero no con compromiso. A veces me pregunto si estoy destinado a ser eternamente un capítulo, pero nunca el final feliz. Y entonces, me hago la pregunta que me sigue como sombra: ¿Cuándo será mi turno? ¿Cuándo seré yo el elegido? ¿Cuándo alguien se quedará sin dudas, sin excusas, sin miedos? Pero esa pregunta, con el tiempo, ha dej...